El tren de ayer pasará mañana por Efrén Ordóñez Garza

Esta semana inauguramos nuestra nueva sección: Voces del noreste mexicano / Voices of the Mexican Northeast editada por Mario Nicolás Castro.

En la introducción de su libro, La guerra de los Zetas: viaje por la frontera de la necropolitica (The Zetas’s War: A journey through the border of necropolitics), el periodista Diego Enrique Osorno cuestiona a Jon Lee Anderson, corresponsal del New Yorker, la razón detrás de la limitada cobertura global de los estragos que la violencia del narcotráfico ha causado en el noreste mexicano (región conformada por los estados fronterizos de Coahuila, Nuevo León, y Tamaulipas). La respuesta del segundo es simple: los reportes sobre esta región son inexistentes porque el mundo ignora o desconoce la realidad del noreste. En muchos sentidos, las perspectivas académicas y periodísticas sobre la “Guerra contra el narco” analizan el conflicto a través de miradas globales o como un fenómeno limitado a espacios específicos que, en las últimas tres décadas, se han vuelto sinónimo con el tráfico de drogas (Culiacán, Ciudad Juárez, entre otros). Es decir, visiones de la violencia como productos de perspectivas erróneas y limitadas provenientes de medios internacionales. Voces del noreste mexicano intenta darle preponderancia a una región ignorada y caracterizada por una compleja y contradictoria relación con el narcotráfico. Esta sección presenta el trabajo de jóvenes autores de los tres estados norestenses, así como textos que retratan la realidad sociocultural de esta región fronteriza más allá de los estereotipos de la violencia entre cárteles (reformulaciones sobre la frontera, la violencia del espacio urbano, movimientos sociales, migración, experiencias LGBT, etc.) Esta sección inicia con el cuento corto de Efrén Ordóñez Garza, “El tren de ayer pasará mañana”; la dura realidad de la migración centroamericana choca con la fantasmagórica violencia urbana de la ciudad de Monterrey en este evocador texto.*

 

*This week we unveil our new section: Voces del noreste mexicano / Voices of the Mexican Northeast edited by Mario Nicolás Castro. 

 In the introduction of La guerra de los Zetas: viaje por la frontera de la necropolitica (The Zetas’s War: A journey through the border of necropolitics), Mexican journalist Diego Enrique Osorno asked Jon Lee Anderson, New Yorker correspondent, the reasoning behind the limited global media coverage about the effects of drug trafficking violence in the Northeastern area of Mexico (formed by the border states of Coahuila, Nuevo León, and Tamaulipas). The correspondent’s answer was simple: coverage of this region is nonexistent because the world ignores or knows nothing about this region. Indeed, most academic and journalistic perspectives on the Mexican “War on Organized Crime” envision the conflict through global lenses or a phenomenon related to specific spaces that, in the last three decades, have become synonymous with narcotrafficking (Culiacán, Ciudad Juárez, among others.) In other words, misguided and limited understandings of violence as the product of international media. Voces del noreste mexicano attempts to bring light to an ignored region characterized by a complex and contradictory relationship to narcotrafficking. This section introduces young authors from the region or texts that deal with the sociocultural realities of these border states beyond cartel violence (rewritings of the border, violence of urban spaces, social movements, social movements, migration, LGBT experiences, etc.) We open this section with the short story “El tren de ayer pasará mañana” by Efrén Ordóñez Garza. The harsh realities of Central American migration clash with the phantasmagorical urban violence of Monterrey in this haunting text.

 

El tren de ayer pasará mañana*

By Efrén Ordóñez Garza**

Esculturas de Helen Escobedo

Serie de 101 esculturas elaboradas con cemento, varilla, retazos de telas y malla de alambre realizadas por la artista plástica mexicana Helen Escobedo, fallecida en 2010. Escobedo hizo estas esculturas en honor a los miles de desplazados por las guerras el hambre y los desastres naturales en el albergue de migrantes de Ixtepec, Foto: Fernando G. Calero / FRONTERAD.COM
http://www.fronterad.com/?q=persiguiendo-sueno-americano-setenta-mil-personas-han-desaparecido-camino-estados-unidos&page=&pagina=2

Hay otros mundos,

pero están en este.

Paul Eluard

En teoría era la escala más amable: la antesala del final de un viaje de varias semanas —casi seis— y quien llegara aquí podía considerarse ya «del otro lado». A Monterrey lo percibían como un oasis entre dos zonas de peligro: tierra amistosa protegida por montañas en donde la gente se dedicaba a trabajar y no a molestar a las almas en tránsito hacia el norte, siempre lo más al norte que se pudiera, lo más lejos del hogar. Desde el inicio, en la frontera sureña del país, se acepta la fatalidad de la travesía y que apenas un puña­do la complete hasta la línea marcada por el Río Bravo; incluso el cruce de la frontera —la última traba—, por algún punto oculto, termina siendo más sencillo que tolerar los nocturnos y peligrosos embistes de Maras, soldados, policías y pandillas. Con lo anterior, queda la duda de si el maltrato a los paisanos del lado ame­ricano es una forma de pagar por el salvaje trayecto sobre el tren apodado Leviatán, salvaje por los abusos de la parte mexicana a los pasajeros del sur, o si más bien es una forma de desquitarse. De igual forma, esta es una de tantas historias.

Amílcar llegó deshecho a la ciudad, en pleno verano. Las semanas previas al brinco sobre la avenida R, de noche, le habían marcado el cuerpo —de apenas vein­tidós años— y un poco el ser. Llevaba algunas heridas en las piernas, por los fierros responsables de rasgar­le la piel en los varios brincos; las manos mallugadas por asir las escalerillas y tubos de los vagones durante horas interminables; la cicatriz del pómulo reventa­do y varias escenas impresas en su memoria. Pero las cicatrices en ciernes apenas eran nada si pensaba en la promesa estadounidense: calles amplísimas y rectas perdiéndose en un celeste espolvoreado con anuncios panorámicos tejanos. Luego las carreteras boscosas de los estados de Oklahoma, Missouri, Illinois y al final la ciudad de Chicago, con ríos nuevos y construidos con toda la mano. Pero primero unos días en Mon­terrey, una ciudad ajena, de la que había escuchado al principio sólo por sus principales o, al menos, más reconocidos embajadores: los equipos de futbol con sus frecuentes y destacadas participaciones en la Copa Concachampions. Luego supo, cuando preguntó por teléfono a su primo ya en Estados Unidos, que la Sul­tana del Norte era linda: no en el sentido común de ciudad atractiva, sino por la facilidad de conseguir em­pleos temporales y el supuesto elevado nivel de vida, un buen descanso para planear el brinco final. Ade­más, era como vivir en Texas: sus restaurantes y way of life la habían inundado desde siempre y era como si las ciudades de allá y esta se empalmaran, generando la ilusión de una todavía más grande estrella solitaria; el paso al otro lado del río era una disolvencia suavísima y llevadera. Por eso, cuando se bajó del tren se sintió ya del lado gringo y orgulloso de saborear el triunfo de pocos.

 

Llegó solo aunque en el camino se había subido una muchacha de su país, interlocutora de días, siem­pre atentos a los peligros. Una noche cerca de Ciu­dad de México, luego de escuchar motores y gritos, saltaron hacia los arbustos oscuros y se alejaron uno del otro mientras escapaban de un puñado de milita­res. A la distancia y con la larguísima melena al aire la mujer, con varios gritos, le prometió verlo en Mon­terrey, por si no tomaban el mismo tren para seguir juntos. En Monterrey. Le habían contado tantas veces los puntos del viaje que se había formado ya una ima­gen bastante clara, si bien no precisa, de cada uno. Al entrar a la ciudad, sobre uno de los vagones del tren, pudo por fin materializar esas imágenes. De noche, las luces de la ciudad lo enamoraron: los semáforos —nada nuevo, pero estos brillaban más—, las farolas en fila iluminando avenidas vacías para darle rumbo a los perdidos. En diferentes momentos lo sorprendie­ron las chimeneas de las fábricas con foquitos ama­rillos marcando la vertical y despidiendo humos que identificó como efectos del progreso, de lo útil y del esfuerzo: empresas irrompibles y lugares seguros de trabajo. Pero él no podía enamorarse así como así, con la primera ciudad grande con aroma gringo en su ca­mino. Amílcar se había prometido con Chicago, con la cama en el departamento de su primo y con el color reflejado en las fotos de la calle número veintiséis, de la Little Village. La Villita: un Edén en donde conflu­yen sombreros tejanos, colombianos, peruanos, todos demostraciones del orgullo latino, de la marea morena sobre las banquetas. Pero Monterrey se veía bien, pro­ductiva, se veía prometedora. Eso pensaba cuando se sintió cómodo y seguro como para saltar, en un lugar en apariencia vacío. Por su condición de migrante a campotraviesa, en cualquier lugar debía mantener la guardia, sobre todo porque siempre llegaba a territo­rio desconocido. Le contaron sobre el peligro de los hombres de azul marino, ocultos por las sombras, con sus carros invisibles de torretas apagadas, desqueha­cerados, y también de jóvenes, acaso de su edad, pan­dilleros sin esperanzas y díficiles de arredrar. No vio cuerpo alguno. Saltaron más personas de otros vago­nes y a ellos los escuchó moverse a oscuras en el des­campado rodeado de almacenes dormidos. Caminó corvo, como intruso, con una cierta alegría bulléndole bien adentro, aunque luego de unos metros escuchó multiplicarse los pasos a sus espaldas. Se detuvo, giró y apenas distinguió algunas sombras alebrestadas. Ahí estaban. Aceleró olvidando mantenerse agachado, con el sudor helado pegándole la ropa al cuerpo, y en eso lo alcanzaron dos brazos delgadísimos, casi unos alambres que le amarraron las piernas. Cayó al suelo. Sintió algunos piquetes desatinados y un tajón en el vientre. Con dos patadas pudo separarse y correr has­ta cobijarse por las luces de las farolas a donde nadie se atrevió a cruzar. Escuchó los ecos de la redada al momento de pisar el concreto de la ciudad y a ritmo cholenco, palpándose los golpes, siguió las farolas, pa­ralelo a una avenida de varios carriles flanqueada por comercios cerrados hasta encontrarse un edificio de amigable fachada. Se acercó a esa primera esquina a medias limpia y suficientemente escondida. Hacía una noche fresca, aunque había escogido viajar en verano porque podría dormir a la intemperie sin preocupar­se; sintió ligera su playera deslavada de los Delfines de Miami, un obsequio de algún desconocido antes de entrar a San Luis Potosí. Se sentó, recargó la espalda sobre la puerta principal y cruzó los brazos para inten­tar calentarse con las manos. Hacía frío. Con esa idea y con el eco de la bocina del tren cada vez más lejano, se quedó dormido.

La mañana lo recibió con el motor de los carros, el despertar con suaves y hasta amistosas patadas del ve­lador que no lo había visto llegar horas atrás, y con el primer pendiente: debía ganar algo de dinero antes de tomar el siguiente tren, de montarse a la sucesión de vagones de algún Leviatán, pues cada uno era di­ferente y cargaba con diferentes almas aferradas a sus fierros y el nombre de la bestia se lo llevaba entonces el trayecto, el destino de los pasajeros, la sensación sobre la máquina —eso pensó una de las noches que pasó amarrado con dos cinchos a una escalerilla para no caer entre las ruedas. Pero necesitaría algo de dinero para pasar, para el camino, y no podía invertir en un cuarto de posada u hotel o arriesgarse de nuevo a dormir en la calle. Del muslo derecho despegó una hoja de papel en donde había escrito la dirección y un mal trazado mapa de las calles aledañas de uno de los albergues para migrantes de paso, el Santo Toribio, en el centro de la ciudad. En una tienda de autoservicio preguntó direcciones, pero hicieron como si no lo es­cucharan. Quizá le habían reconocido el acento y eran hoscos con los extranjeros. Afortunadamente, detrás de él una mujer preguntó por la calle W, en el centro, y a ella sí le respondieron. Con eso fue ubicándose y echó a andar por una avenida: «derecho, hasta encon­trarse con el Metro por encima de su cabeza». Siguió. Amanecía apenas, pero eran demasiados los carros circulando por la avenida; las luces de las fábricas y hornos aún encendidas. Lo maravilló la uniformidad: edificios repitiéndose: compartían tonos y texturas. El sonido crecía con cada minuto y parecía bien ordena­do, planeado, funcional. Con segundos de diferencia sonaron los silbatos de las fábricas, complementándo­se unos a otros, para darle entrada al turno de las siete. El olor a lúpulo y cebada inundaba la avenida. De los peatones le fascinaron las expresiones de los rostros: sonrientes, satisfechos, familiares y posiblemente feli­ces de sentirse útiles, todos rumbo al trabajo. Llegado al rumbo del Metro elevado, cuya estructura asemeja­ba a un larguísimo ciempiés de concreto, se perdió un par de horas, por entre calles estrechas retacadas de comercios, con letreros bilingües escritos así seguro por los muchos viajeros y motivados por el comercio hermano entre los tejanos y los de Monterrey. Era una maravilla encontrar cada rincón como oportunidad de negocio. Las banquetas pobladas de puestos de co­mida, de ropa, de cualquier cosa. Le parecía escuchar voces en inglés y, aunque no entendía sus palabras, le gustaba esa mezcla de idiomas, del suyo y del grin­go. Luego una canción norteña, un corrido tan claro al voltear cada esquina. A donde dirigiera la mirada le sonreía el trabajo enmarcado por colores y anuncios, además de un no tan ligero parecido a su ciudad cen­troamericana, H. Fueron buenas las sensaciones; se­guro encontraría algo qué hacer y un trabajo en cues­tión de nada.

 

Tardó casi medio día andando entre calles desco­nocidas y oídos sordos —era gente ensimismada, ace­lerada, en constante movimiento—, pero dio con las callecitas dibujadas sobre su pedazo de papel. Siguió las indicaciones y encontró el Santo Toribio. En el al­bergue lo recibieron como uno más o bien como si no les importara recibir a otra alma en tránsito. Apenas lo escucharon cuando dio sus datos y mostró su pa­saporte. En la maltrecha recepción la mujer asintió y no revisó su identificación cuando Amílcar la puso sobre el mostrador. Se la acercó, pero no le importó. Retrocedió unos pasos y se quedó en el centro, con­fundido. Entonces sintió una palmada en el hombro. Era un hombre, un compatriota, seguro, pues creyó reconocer el rostro, es decir, las facciones típicas de su gente o ese aire inherente a las personas de un mismo lugar. El hombre, con un corto movimiento de cabeza, lo dirigió al segundo piso. Subió las escaleras y eligió el primer catre que encontró. Durmió el resto del día y despertó sólo para bajar a cenar. Esa noche consiguió una hoja de papel para trazar el plan. Con el estóma­go lleno y sobre su espalda por fin, se planteó varios puntos: conseguir un trabajo, juntar algo de dinero, luego montarse al tren y llegar cerca del Río Bravo, de ahí cruzar a Laredo y subir a Oklahoma y luego hasta Illinois. Se le hizo fácil y por la ansiedad pasó la noche en vela. Pero feliz.

El primer día en la búsqueda de empleo pintaba espe­ranzador. Sobre las calles raudas encontró multitudes funcionando como engranes de una máquina infor­mal: hombres cargando y desplazando cajas repletas de frutas, humo despedido de ollas abolladas llenas de guisos para llenar tacos mexicanos, parecidos a los tacos gringos. O aquellos a estos. Olía a comida, a olores reminiscentes de su tierra, luego a fruta pasa­da, más adelante a gente. Justo como lo había imagi­nado. En los edificios de dos o tres plantas encontró los primeros niveles, como los esperaba, repletos de comercios. Los segundos y terceros eran viviendas por las que asomaban sombras activas, seguro amas de casa o jóvenes estudiantes en sus diarias labores, pero siempre las mismas actividades. Sobre las ban­quetas algunos niños jugaban a la rayuela, como él unos años atrás, en H.

 

En una calle similar a las anteriores y casi idénti­ca a la calle en donde trabajó alguna vez, se encon­tró con otro centroamericano afuera de una frutería, canturreando con acento panameño y apostó a que, movido por un sentimiento de hermandad, le ayudaría a conseguir trabajo. Era el dueño de la tienda. Luego de presentarse y asegurarse de mencionar sus estudios de ingeniero mecánico casi terminados, el panameño, con una expresión lastimosa en el rostro, como si no le diera gusto recibirlo en su comercio, le dio una pal­mada en el hombro a manera de bienvenida. Amílcar justificó el viaje con la promesa del primo y el conse­jo de uno de sus maestros en la universidad, que des­ilusionado y muerto de hambre con todo y trabajo, lo instó a dejarlo todo. Del dueño del tendajo escuchó la historia de sus años en la ciudad. Llegó como él, sobre un tren, pero las cosas se le dieron, o no se le dieron, depende de cómo se viera, dijo, y la ilusión de trabajo se materializó ahí, sin cruzar al otro lado. Terminó en una frutería, ahorró y ahora tenía su propio negocio. Tierra de oportunidades al fin.

 

Las responsabilidades de Amílcar incluían atender a los clientes, cargar y descargar cajas de camionetas llegadas de nunca sabría dónde. Siempre hacía calor, un alivio si recordaba las noches sobre el Leviatán. Además, le fascinaba el ambiente de trabajo. Enfren­te tenía una dulcería, una chicharronería, y una tien­da de curiosidades mexicanas. Los primeros dos días, mientras trabajaba, intentó aprenderse el panorama rítmico, sinfónico, del trabajo bien organizado y me­jor remunerado que el de H. Subían, bajaban las cajas. Estaba el hombre delgado, enflaquecido quizá por la constante actividad física: cuando desviaba la mirada en su dirección, lo hallaba subiendo cajas a la desvenci­jada camioneta azul marino. También la mujer ancha, a quien apodó «la Tortillera», pues pasaba el día ente­ro detrás del mostrador, junto a la vitrina iluminada conteniendo montañas de chicharrón prensado. Con la vista perdida al frente y la sonrisa siempre en el ros­tro, separaba tortillas para luego empapelarlas, apilán­dolas junto a la vitrina. Tortilla tras tortilla. A un lado, la dependienta de piernas cortas y cabello largo, dán­dole la espalda barría incesantemente la banqueta. Era algo obsesiva, pues no tenía caso mantenerla impoluta si se consideraba el resto de la calle: no era tampoco ese ejemplo de pulcritud reflejado con el tanto barrer. Pero ahí la tenía, pasando la escoba de un lado a otro, como si de ello dependiera su vida. De todas formas, Amílcar tenía los días cargados de trabajo, saturado de acciones repetitivas pero generadoras de los pesos necesarios, y por eso sólo al levantar la mirada de vez en vez atendía al cuadro del otro lado. Le gustaba su calle, pues los edificios no se veían tan diferentes a los de casa, quizá por los colores, o mejor sus formas, pero ese pedazo de la ciudad lo tenía encantado.

Ya con la primera parte del plan cumplida, la siguiente incluía subirse al tren. Como sabía de los peligros cir­cundantes, por las noches se acercaba a las vías para aprenderse la zona, conocerla de memoria, saber por dónde podría salirle alguien al paso. Lo hacía asegu­rándose de mantener un andar natural, como lo haría cualquier local. La quinta o sexta noche en la ciudad decidió ir, ver la llegada del Leviatán desde la distan­cia y escucharlo haciendo crujir el metal y quejarse los durmientes. Pero no lo vio. Escuchó la máquina y los quejidos de los viejos rieles, y no lo vio. Quizá se le pasó o podría ser que se ocultara detrás de los edi­ficios, de los pocos árboles; también podría haberlo distraído la molestia en las cicatrices provocada por la noche repentinamente fresca. De todas formas, la zona se veía segura, desierta, se podría decir. En ese rato alcanzó a ver algunas sombras que como él se­guramente tanteaban el terreno: querían asegurarse. Eran ensombrerados, mujeres también, espolvoreados en calles, en el descampado. Todos esperaban escon­didos y en silencio, pero seguro conscientes de la pre­sencia de los otros. No podía verles los rostros pero sí distinguir sus siluetas, y las aprendió luego de al­gunas horas. A sus espaldas, las hermosas chimeneas de los hornos soltaban, unas luego otras, sincopadas, los humos suaves del progreso. Esa noche el tren avi­só, pero pasó invisible frente a sus narices. No le im­portó, ahí estaba y todo lo demás se veía en orden. Ningún hombre de azul en las cercanías. Regresó a pie, solo. Ni esa noche ni las demás lo acompañaron del albergue. Posiblemente sentían inútil la revisión o tuvieran planes de irse luego y por eso quienes le hacían caso apenas le palmeaban el hombro con una descorazonadora indiferencia.

Un par de días después, durante una jornada de poco trabajo, dedicó el tiempo a ver el cuadro. El resto de la gente en la calle trabajaba con enjundia, sin cansarse y con una disposición envidiable, una que ni él podía mantener a pesar de sentirse agradecido por la labor. El hombre esquelético levantaba, cargaba y bajaba sin perder el ritmo. La Tortillera era prácticamente una máquina de empaquetar kilos y medios kilos de tor­tillas. La muchacha que barría, barría y barría bien. Le parecía encomiable la disciplina de los regiomon­tanos. Era casi obligatorio tomar nota, pues la ética de trabajo, los hábitos, habían sido adquiridos segu­ramente del otro lado. Desde Monterrey, la vida co­menzaba a agringársele. Pensó en acercarse pronto y entablar alguna charla trivial para conocer al menos un poco, ya no de ellos, de ese lugar. El río de gente por las aceras también comenzaba a sonar conocido. Era la fauna local, acelerada con pendientes diarios, unos rumbo al trabajo o bien a hacer la compra. Casi siempre eran los mismos, o al menos logró reconocer a varias personas que primero iban y luego venían, cada uno parecido al anterior, compartiendo rasgos de raza y voces variadas: «C’mon, güey…», «Ándale», «Míster Martínez, I’m on my way». Se animó y, atravesándose en el camino de varias almas, enfiló al otro lado para entablar amistad con alguno de los trabajadores de la banqueta de enfrente, pero apenas llegó hasta la mitad de la calle, los vio trabajar con tanta intensidad y gran­des sonrisas que no quiso interrumpirlos y apenado se dio la vuelta. Esa noche regresó al albergue cansado, pero con energías renovadas por ese primer paso. Al día siguiente se acercaría para conocerlos.

Acaso el tren nunca pasaría. Las vías seguían desier­tas y no entraban ni salían los trenes: sólo quedaban los vagones ahí detenidos en las estaciones de carga. Sin embargo, escuchaba el ruido de las ruedas resque­brajando los durmientes, alejándose por los rieles oxi­dados. ¿A dónde iban los trenes? ¿De dónde venían? ¿Qué había pasado con el Leviatán? Seguro llega ma­ñana, se dijo. Seguro sus siluetas compañeras, desde la distancia, se preguntarían lo mismo.

No había hecho amigos en el albergue. En su habita­ción cada quién iba por su lado y pretendía no escu­charlo. Evitaban sus saludos y a veces ni entre ellos ha­blaban. En ocasiones, en el comedor, se sentaba junto a alguien e intentaba una conversación inútil, pero la otra persona se quedaba absorta en la pared o bien le dedicaba mejor sus palabras a quien tuviera enfrente. Así se reflejaba la frialdad del citadino, la indiferencia adquirida luego de pasar algún tiempo en la ciudad, sobre todo en una urbe imparable. Pues bien, pasaría el resto de los días enfocado en el objetivo final, una ciudad más grande, más limpia, moderna, con algu­nos familiares y amigos esperándolo. Chicago, Illinois. Probablemente el calor familiar sirviera para contra­rrestar esa frialdad del citadino siempre ocupado.

Se acercó a la muchacha de la larga melena mientras barría la banqueta, pero recibió la misma respuesta que del resto de sus compañeros del albergue y casi todos en la ciudad. Si no la veía barriendo, salpicaba la acera con agua de una cubeta roja o sentada sobre un banco en la entrada de la tienda, esperando el final del día, tarareando el mismo corrido de siempre. La primera vez, de pie junto a ella, no encontró la oración correcta para saludarla. La más amistosa. Pero ella le daba la espalda; tal vez por eso tampoco se inmutó por la proximidad del extraño y el silencio lo llenó el barullo de la multitud y el eterno acordeón. No alcan­zó siquiera a verle el rostro, sólo el pelo negro casi hasta la cintura. Luego se acercó a la chicharronería y tímido observó las montañas de chicharrón pren­sado dentro de la vitrina, iluminadas por un par de focos para mantenerlo tibio. A la Tortillera, movido por la diferencia de edad y la imposibilidad de cual­quier malentendido o arrojo romántico, sí le dirigió la palabra. Preguntas sobre el clima en la ciudad, el sol brillosísimo y oculto no sólo ahí sino en todo México —sentía que de eso podía dar razón— o de la mara­villosa cualidad y cultura de trabajo de la gente. Pero ella seguía concentrada en sus tortillas, a veces con la mirada perdida, perdida en pensamientos silencio­sos, porque en el establecimiento no sonaba nada, si acaso la cadencia de una macheta en la parte de atrás troceando sabría Dios qué. Amílcar se perdió en su ex­presión tranquila, no tanto de felicidad. Había algo en ella, una cierta familiariad. Quiso encontrarle algún parecido, pero fue inútil. Con el hombre enflaquecido no quiso ya acercarse.

Esa noche, mientras cenaba y antes de salir a escuchar de nuevo el paso del Leviatán, pensó en la indiferencia de la ciudad, en cómo haría uno para ganarse un lugar dentro de una maquinaria tan eficiente. Es decir, ya lo era, pues su trabajo formaba parte del todo, pero no lo­graba acostumbrarse a la segregación. ¿Sería algo con­tra los extranjeros? Sólo intercambiaba algunas palabras con el panameño, aunque no recordaba haberlo visto con amigos. Antes de salir, cuando le dijo sobre los vecinos y la hiriente soledad de sus trabajos, sólo le palmó el hom­bro, como se le había vuelto costumbre a él y a otros dos o tres compañeros del albergue. Sustituían las palabras por palmadas en el hombro y expresiones casi de lástima.

 

Tomó su lugar escondido detrás de unos matorra­les, el mismo de siempre. Luego de varias noches podía ya intuir en dónde se ubicarían las mismas siluetas que, como él, fantaseaban con subirse de nuevo al tren, al des­tino de una raza moviéndose sobre las vías. A su derecha siempre eran cinco sombras: dos parejas y una sola, un hombre más lejos, escondido detrás de un tambo pero delatado siempre por las volutas de humo de su cigarro. Del lado izquierdo tres personas desperdigadas: dos de pie, uno más, sentado. No fallaban, como él. Los mismos esperando de la misma forma. Esperó al tren de esa no­che y, mientras llegaba, se preguntó por el destino del de la noche anterior, y creyó detectar el mismo sonido siempre alejándose. Pensó en el Leviatán, en un retraso por no haberlo visto, en un empalme de trenes, en sus horarios: el de ayer, pensó, llega hoy, el de hoy, mañana.

La tarde casi terminaba. Los días se repetían y él iba ahorrando la paga diaria acordada con el panameño. Ese día, luego de recibirla, vio cómo algunas tiendas cerraban y el concierto de cortinas metálicas cayen­do iba in crescendo. Por lo general para esa hora ya se había ido al albergue, pero decidió quedarse. La muchacha de la escoba se fue. Quedó un hombre, el dueño de la tienda de mexicanidades. La distancia le dio un aire bastante conocido: era parecido a uno de sus maestros en la universidad, aquel que le había aconsejado el viaje. El parecido le despertó la idea de rostros repetidos en otros lados del mundo. Dobles de otra nacionalidad. O dobles a secas. Alguna vez leyó una historia sobre rostros idénticos, reflejos de algún otro, y le pareció entonces una fantasía, aunque ya no se sentía tan seguro. Se acercó. Era el mismo. Era el reflejo. Tenía el mismo peinado, el mismo bigote hir­suto y hasta el mismo tic en el ojo derecho: se cerraba cada cuatro segundos. Entonces se aventuró a llamar­le por su nombre: ¿maestro Callejas? Nada. Maestro Callejas, Amílcar. Nada. El hombre echó el candado al comercio, respondió a un lejano grito en inglés y se dio la vuelta. Siguió por la banqueta hasta perderse en la esquina.

Detrás de él, la tienda del panameño seguía cerra­da. El cielo se había pintado de tonos violetas. Él tam­bién enfiló de vuelta.

En el albergue sufrió un buen rato, acostado en su catre con un incómodo desasosiego. El rostro de su maestro —o de la persona idéntica a su maestro—, lo tenía sumido en una total confusión. Ya lo vería de nuevo al día siguiente para confirmar el parecido y si se animaba, contarle cómo es que conocía a quien se­guro era su doble en el mundo.

Una noche más en el descampado. No faltaron las si­luetas: el sombrero crecido de uno, las volutas de humo del cigarro del hombre de la izquierda. Incluso la tem­peratura se mantenía gélida. Luego de unos minutos de silencio absoluto ahí cerca, y a lo lejos el rumor de algunos carros acelerando por las avenidas circundan­tes, escuchó de nuevo el ruido del tren. La máquina se acercaba lenta y su escándalo se escuchaba cada vez más alto. Aumentaron los decibeles y vio temblar las hojas de los matorrales. Pero no vio al Leviatán. En­tonces cayó en cuenta de que ni esa ni las otras noches pasaría ese o cualquier otro tren. Se sentaba ahí para saludar con la mirada a las siluetas insensibles y luego esperar. Aunque pasaban horas y nunca veía nada. El demonio era apenas un eco. Se acercó a las formas, a las más cercanas, que nada se movieron cuando estu­vo a un palmo. Entonces la escasa luz de la noche le permitió distinguirlas, notó sus miradas opuesta a las vías, hacia el otro lado, a la ciudad. Se alejaban encor­vados del tren y del viaje. Corrió para ver las demás, y todas apuntaban a Monterrey. Eran imágenes conge­ladas, como fotografías o estatuas.

Al día siguiente cerró la tienda temprano, diez minu­tos antes, y cruzó la calle para enfrentar a la Tortillera o verle por fin el rostro a la chica que barría, pues algo debía salirle bien. Antes de hacerlo, decidió hablar con el panameño. Llevaba tiempo ahí y sabría cómo hablar o no hablar con esa gente. Cómo encajar. Luego de es­cucharlo, el dueño dejó sus actividades, dejó de hacer las cuentas y repitió la palmada en el hombro. Sin de­cir palabra levantó la playera de los Delfines de Miami y le presionó el estómago. Amílcar se dobló y retorció de dolor. Dijo algo sobre fantasías superpuestas mien­tras terminó de hacer las cuentas, lo invitó a salir y cerró la tienda para luego abrir la puerta de su carro y dejarlo ahí, en medio de la sinfonía de repeticiones. Antes de subir, Amílcar lo miró a los ojos y su jefe le dijo con la mirada lo que tenía en la mente: «Sí, chavo, no la hiciste».

Así fue como lo entendió: existían dos o más albergues empalmados; confluían almas y personas reales. En­tonces, esa no era Monterrey, sino la construcción de las ilusiones y los sueños de cientos o miles de perso­nas varadas en San Luis Potosí, en Coahuila, en cual­quier lado; eran aquellos que viajaron sobre el tren en las cerradísimas noches del desierto y cayeron mien­tras dormían o bien los traicionaron cuando amarra­dos al vagón se sentían ya del otro lado. Pero algunos sí habían puesto los pies sobre el concreto de la ciu­dad. Las imágenes de las personas correspondían a lo último visto: la melena larga de la chica olvidada en Ciudad de México y nunca en Monterrey, o al menos no el rostro pero sí ese larguísimo pelo en la muchacha de la escoba; el maestro que lo había motivado a de­jar H. La misma canción. La indiferencia de personas parte de otras ciudades o ilusiones superpuestas a la suya, la mezcla de idiomas, el tejano y el regiomonta­no como uno mismo. Claridad.

 

Enfiló temprano a la calle en donde había saltado del Leviatán y en el camino le llegó el tropel de imá­genes de la noche de su llegada a Monterrey. El campo aparentemente solitario, la carrera entre las sombras y los cuerpos junto a él, los brazos largos y oscuros que lo derribaron y los piquetes. De pronto los sintió en varios lugares del cuerpo, luego en el abdomen. Des­hacía el camino por la avenida plagada de almacenes y dio con el edificio donde pasó la primera noche. Se acercó a la entrada, a las puertas, y al escalón en don­de aquella noche cayó dormido. Junto a la pared cre­yó verse de nuevo, sobre un charco oscuro de sangre ahora seca y el recuerdo del estertor cobijado por una tibia noche de verano.

 

 

*“El tren de ayer pasará mañana” es parte de la colección de cuentos Gris infierno (2014) publicada por An.alfa.beta; editorial artesanal e independiente de Monterrey, Nuevo León. Asimismo, recientemente este cuento fue también publicado en la versión digital de la revista literaria Postdata.

“El tren de ayer pasará mañana” is part of the short story collection Gris infierno (2014) published by An.alfa.beta, an independent and artisan publishing press from Monterrey, Nuevo León. Recently, this short story was also posted in the digital version of literary magazine Postdata.    

 

** Efrén Ordóñez Garza (Monterrey, Nuevo León, 1983) obtuvo el Premio Nuevo León de Literatura 2014 por la novela Ruinas (Conarte/Conaculta, 2015). Es autor de los libros Gris infierno (An.alfa.beta, 2014) y Tlacuache. Historia de una cola (FCAS, 2015). Fue becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 2013. Trabaja como traductor y maestro de literatura.

Efrén Ordóñez Garza (Monterrey, Nuevo León, 1983) was awarded the 2014 Nuevo Leon’s Literary Award for his novel Ruinas (Conarte/Conaculta, 2015). He’s also the author of Gris infierno (An.alfa.beta, 2014) and Tlacuache. Historia de una cola (FCAS, 2015). He was a fellow of Nuevo León’s Writing Center in 2013. He currently works as a translator and literature teacher.

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