Infinita tristeza: las esquirlas de las violencias en México por Rossana Reguillo

Zapopan, Jalisco, Mayo 17 de 2015*

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Dice el diccionario que una esquirla es una astilla o fragmento alargado y con punta desprendido de un hueso fracturado o de una piedra, un vidrio u otro material duro. No encuentro otra mejor metáfora para intentar nombrar las terribles evidencias de que las violencias en México hablan de un país fracturado, cuyas astillas nos alcanzan y nos hieren de múltiples modos.

La mañana del 16 de mayo de 2015, una nueva esquirla lastimó el tejido social en un país al que le sobran muertos y desaparecidos y va perdiendo por goteo o a chorros los más elementales vínculos comunitarios: cinco menores de edad, dos niñas de 12 años, dos hombres de 15 y uno de 13, “jugaban” al secuestro de un vecino, un niño de de seis años.

El “juego” contenía todos los ingredientes de lo que en este roto país, vemos todos los días: un comando –en este caso, los 5 jóvenes amigos-, secuestran a una persona –en este caso, el pequeño de seis años-; lo “levantaron” afuera de su casa y se lo llevaron a una ladera, esos parajes que el crimen organizado ha convertido en cementerios y en horror; lo ataron de pies y manos, lo torturaron, como suelen hacer los sicarios o los secuestradores; lo golpearon, lo sofocaron, hasta asesinarlo, “ejecutarlo” sería la palabra más adecuada para seguir en la línea del “juego”. Y, en esa misma lógica, cavaron una fosa clandestina, una de las niñas fue la encargada de la tarea, no sabemos si con las manitas de una niña de 12 años o se ayudó con algún instrumento. El comando, arrojó el cuerpo del pequeño y para disimular, le tiraron encima un animal muerto. La fosa quedó ahí junto a un arroyo en las Laderas de San Guillermo, en Chihuahua, como una evidencia más de que en México la muerte tiene permiso. Después probablemente, ese comando de pequeños asesinos, continuó con sus juegos.

El lenguaje colapsa, pero es fundamental producir un mínimo de inteligibilidad sobre lo ocurrido. Badiou en El ser y el acontecimiento, dice que el acontecimiento es ese “suplemento azarozo, algo que frente a una figura instituida del ser, y que yo llamo situación, llega de más”. ¿En qué sentido la ejecución de este pequeño, es ese suplemento que “llega de más”? La normalización de las violencias en México es constatable, ya no sorprenden las noticias sobre fosas, ejecuciones, torturas, levantones, narcomantas, bloqueos, desapariciones, ya no son la excepción si no la normalidad que se experimenta como dato cotidiano que, a lo más, arranca un escalofrío. Son las esquirlas de ese país roto, fracturado que se han incorporado al cuerpo de la nación, como molestas astillas que no podemos sacar y hay que convivir o sobrevivir con ellas.

No es que no tuviéramos noticias de los niños asesinos, el caso de El Ponchis, estremeció al país; no es que no supiéramos de los niños sicarios; no es que nadie ignorara que muchos niños quieren ser narcos cuando sean grandes y muchas niñas aspiran a ser esposas de narcos; tampoco es novedad que en los patios de las escuelas y en las calles, en los juegos, casi ningún niño quiere ser policía, todos quisieran ser el narco, el capo, el sicario. Pero la muerte de este pequeño, “llega de más”, como un suplemento, quizás no azaroso, pero sí terrible, para poner en evidencia el grado de penetración de la narco cultura, el modo en que en México, la necropolítica, ese poder de gestionar la muerte, de hacer morir, se ha convertido en la economía que rige la administración de los territorios y las dinámicas cotidianas de gran parte del país. “Llega de más” por lo que de siniestro hay en este “juego” y sus protagonistas. Uno de los lenguajes de la violencia y el terror, es lo siniestro, que para Freud (Das uhmenliche) significa la transformación de lo familiar en lo opuesto, en algo extraño y amenazante, con potencial destructivo. Los niños en su devenir siniestro, víctimas de esta guerra, convertidos en máquinas de matar, porque es posible hacerlo.

Leí por primera vez la nota sobre este asesinato, en el muro de un buen amigo, estudiante de la Maestría en Estudios Literarios de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, Julián Contreras Álvarez. El comentario-análisis con el que introdujo la nota, encierra varias de las claves necesarias para colocar en una clave no patológica (niños enfermos) o, ministerial (niños a los que hay que juzgar con todo el peso de la ley). Dice Julián:

La guerra, como un intento de salida a la crisis capitalista, produce muertos, pero además va construyendo una determinada forma de consumir la muerte en la sociedad, hay una semiosis atada en el acto de asesinar de determinada manera y sistemáticamente en esta supuesta guerra contra el narco. A lo anterior, podemos agregar que los discursos periodísticos, políticos y culturales en general (televisión, radio, literatura, cine, música alterada, etc.), invaden y penetran el acto en cuestión (dominio del logos), alterando esencialmente su realización y, por tanto, potenciando la construcción de un determinado consumidor de muerte. Si no se quiere consumir muerte en las calles, construimos la necesidad de ella y creamos el consumo, Esto es como vender Coca-Cola: hay que “crear” al consumidor de la muerte.

Me detengo en su apreciación sobre la semiosis (creación de significados) de la muerte y el dominio del logos (la colonización del pensamiento y de la percepción de lo real). A partir de la aceleración de las violencias que se produce como efecto de la mal llamada “guerra contra el narco” iniciada por el entonces presidente Felipe Calderón en 2006, numerosas esquirlas fueron desprendiéndose del cuerpo fracturado de la nación; la economía de muerte que acompaña este proceso, fue reducida a un término tan brutal como inexacto “daños colaterales”, los cuerpos decapitados, las balaceras, las fosas, se convirtieron en parte constitutiva del paisaje, en una semiosis que ha terminado por volver tan normal como indescifrable, la muerte. La colonización del pensamiento, operada por los grandes medios de comunicación afines al poder gubernamental, por el sentido común orillado a incorporar ese paisaje desolado, no sólo contribuyó a la normalización de la violencia extrema, si no además produjo una “aspiración”, un “deseo”, la aniquilación, la violencia, la destrucción del otro, ya no como un acto de violencia utilitaria (la que persigue un fin), si no pura violencia expresiva (aquella que busca exhibir su poder total). Significación y pensamiento colonizado, son las claves para descifrar lo que condujo a esos amigos a inscribir su “juego” en esta economía de muerte.

Desde qué lugar de autoridad moral se puede reprobar, gritar, inmolar a unos niños que no hacen si no dar continuidad a lo que el dispositivo del tardo capitalismo, travestido de narcomáquina, sigue sembrando en un país lleno de esquirlas.

Las respuestas son insuficientes: La urgencia en el paisaje requiere dos operaciones fundamentales: la producción de una nueva semiosis, aquella en que las violencias se conviertan en anomalía y, una reconquista del logos, posible a partir de darle nombre, rostro, drama, importancia a las “pequeñas” muertes que pasan todos los días.

Coda. Odiar profundamente

Por Julián Contreras Álvarez**

Durante 7 años de esta supuesta guerra contra el narco, he visto la muerte en las más variadas y espeluznantes manifestaciones, primero en la calle y después en su versión periodística. Me he opuesto en la medida de mis posibilidades a esto, mi juventud ha sido la de asambleas y protestas, al punto que no dimensiono el no saber interactuar de otra manera que no sea la militancia política. Perdí la cuenta de los funerales a los que he ido, me inquieta no poder recordar los rostros de los amigos y familiares ejecutados y lanzados a fosas clandestinas. Perdí la cuenta de las marchas. La memoria no me da para tantas fechas de alto impacto y en esta normalización de la barbarie, he llegado a sentirme mal por no sentirme mal de lo que debería sentirme mal. Marisela Escobedo, Josefina Reyes, Susana Chávez, Airis Estrella.

Sé que, como dicen los zapatistas, se pondrá peor, que hay que organizarnos, que es hora de trotar porque se nos acaba el tiempo para ponerle freno al tren de la historia.

No estamos derrotados, pero el caso de niños jugando (realmente) a secuestrar, torturar, asesinar y aventar a una fosa clandestina a otro niño de 6 años es la muestra de los grandes avances del proyecto necropolítico. Nos despojan de la vida y de la posibilidad de defenderla. Estruja saber que están logrado normalizar e impulsar el sicariato desde la niñez.

Hoy odio más que ayer.


* Rossana Reguillo es una de las voces más críticass_100065_3771_RossanaReguillo_r_(2) de la arena intelectual contemporánea, una incansable activista de los derechos humanos, asidua colaboradora en distintos medios de comunicación y figura imprescindible en la esfera virtual y las redes sociales. En su práctica como antropóloga y teórica cultural, Rossana ha asumido constantemente una posicionalidad donde combina sus roles como investigadora social y ciudadana. En sus estudios sobre la juventud, la violencia, la ciudad como espacio social, el miedo y otras emociones como construcción social, y las interrelaciones entre comunicación, cultura y política, Rossana ofrece una comprensión matizada y crítica de la contemporaneidad en América Latina. Su rigor académico y pasión la han llevado tanto a analizar los fenómenos sociales como a promover el cambio social. Algunos de sus estudios se han ocupado de las explosiones de drenaje en Guadalajara en 1992, la participación de jóvenes en la Mara Salvatrucha, los efectos y afectos del narcoterror y la necropolítica en México o el movimiento social en torno Ayotzinapa.

Rossana vive en Guadalajara, donde es profesora de tiempo completo en el ITESO-Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente. Ha sido profesora invitada en la Universidad de Nueva York y la Universidad de Standford, entre otras. Es hija de una chiapaneca y un madrileño republicano y comunista asilado en México, y está casada con el diseñador y cartonista editorial José Antonio Baz “Jabaz”. Desde NAR-Nuestra Aparente Rendición, Rossana edita el blog Viaducto Sur, un espacio de habla y escucha sobre la contemporaneidad. Síguela en Twitter: @rossanareguillo

** Julián Contreras Alvarez es activista contra la militarización. Vive y estudia en Ciudad Juárez, Chihuahua.

2 responses to “Infinita tristeza: las esquirlas de las violencias en México por Rossana Reguillo

  1. Pingback: ¿Jugamos? | Boreal·

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